Características de un mesías: Liderazgos autoritarios y gobiernos personales en el África actual

Posted on agosto 21, 2013

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Jerónimo Delgådo Caicedo
Coordinador – Estudios Africanos
Centro de Investigaciones y Proyectos Especiales – CIPE
Universidad Externado de Colombia
Bogotá, Colombia

Ana María Moreno
Asistente de Investigación
Centro de Investigaciones y Proyectos Especiales – CIPE
Universidad Externado de Colombia
Bogotá, Colombia

Desde hace cerca de 50 años el mundo conoció la euforia generada por el proceso de descolonización africano liderado por grandes personajes del continente como Kwame Krumah, Léopold Sedar Senghor, Julius Nyerere, entre otros. Ahora bien, a lo largo de la vida independiente de la mayoría de los países de África, nombres como Sékou Touré en Guinea, Laurent Kabila en la República Democrática del Congo, Robert Mugabe en Zimbabwe, Mengistu Haile Mariam en Etiopía e Isaias Afewerki en Eritrea, ente otros, han cambiado el panorama libertario llevándolo hacia la construcción de Estados bajo dictaduras y liderazgos autoritarios.

Las primeras aproximaciones teóricas a esta realidad tuvieron lugar a mediados de la década de 1980, concentrándose en señalar de manera holística a las estructuras jerárquicas vitalicias típicas de las comunidades tradicionales indígenas africanas como causantes de la perpetuación de líderes en el poder estatal de los nacientes Estados africanos. Es decir, era una característica cultural insertada en la burocracia estatal (Eme, 2010), y que, además, no debería haber causado sorpresa alguna ante el mundo.

Uno de los aportes más relevantes fue el libro “Personal Rule in Black Africa: Prince, Autocrat, Prophet, Tyrant” escrito por Robert Jackson y Carl Rosberg en 1982; texto que de manera muy amplia y sin distinción abordaba el tema de los liderazgos autoritarios y personales en el continente africano. La definición que estos autores aplicaron iba de la mano con la idea planteada anteriormente donde las luchas por el poder estatal se dan de manera personal precisamente porque la organización tribal de las comunidades tradicionales no conoce otra forma de organización más que al del liderazgo vitalicio. Aquí también se incluyó un supuesto desprecio por el institucionalismo, los partidos políticos, la igualdad y la participación popular.

Antes de la llegada de la década siguiente, la mayoría de los regímenes africanos autoritarios solían afiliarse y sostenerse en un claro apoyo soviético que legitimaba las acciones autoritarias que buscaban ‘proteger’ a sus pueblos de la influencia de occidente. Países como Angola y Zimbabwe disponían de tropas y fondos provenientes, o bien de la Unión Soviética, o bien de aliados como Cuba.

Una vez terminado este periodo con la implosión de la URSS y la llegada del fin de la Guerra Fría, las dinámicas políticas empezaron a cambiar. De manera tácita, la democracia como sistema político se había convertido en la única opción posible para reestablecer el orden mundial y entablar un sistema internacional de participación global. Palabras como las del académico Francis Fukuyama ayudan a vislumbrar el espíritu de la época: “the end point of mankind’s ideological evolution and the universalization of Western liberal democracy as the final form of human government” (Fukuyama, 2011).

Posterior a la llegada de lo que se puede llamar la ‘era democrática’, parecía que los cambios estructurales al interior de los diferentes Estados se iban a dar de manera casi espontánea, donde se suponía que los mismos iban a adoptar directrices como la participación electoral, la libre elección de líderes y el otorgamiento de derechos y libertades a sus ciudadanos. Todo señalaba una transformación mundial donde los regímenes comandados por líderes autoritarios iban a ser un asunto del pasado.

No obstante, gobiernos como los de Robert Mugabe en Zimbabwe o Isaias Afewerki en Eritrea han mutado a una nueva forma de personalismos que, de manera astuta, logran aislarse de la comunidad internacional al tiempo que cumplen con ciertos estándares de las ‘nuevas democracias’. Conceptos como el buen gobierno, la rendición de cuentas (accontability) y la realización de elecciones periódicas son todas características de los personalismos actuales. Hay que cuestionarse entonces cuáles son las dinámicas que vienen implementando desde hace varios lustros y que les han permitido adaptarse y responder ante los diferentes enfrentamientos políticos – tanto en el ámbito interno como en escenarios multilaterales – sin que esto haga tambalear su tenencia del poder estatal.

¿Democrático?, por supuesto

 En primer lugar se debe abordar la relación de estos líderes con la democracia. Una de las principales características de los regímenes democráticos es la realización periódica de elecciones que permite elegir a los líderes del Estado. Y es que se llevan a cabo porque es uno de los lineamientos básicos de la democracia que permite el sostenimiento de un sistema participativo y ante todo, representativo.

Autoritarismos como los ocurridos en el cono sur en los años 70 o incluso en África a manos de famosos personajes como Idi Amín Dada en Uganda o Jean Bédel Bokassa en la República Centroafricana no llevaban a cabo elecciones pues las corrientes globales estaban permeadas por un contexto donde el intervencionismo político, la vigilancia internacional y la democracia no eran prácticas generalizadas ni deseadas por las principales potencias del momento, Estados Unidos y la URSS.

Actualmente, con la presión internacional de ONG como Amnistía Internacional y verdaderos cuestionamientos internacionales sobre el establecimiento de democracias, han complicado considerablemente el panorama para estos regímenes autoritarios. Los nuevos líderes llevan a cabo elecciones fácilmente manipulables en resultados y métodos con el fin de obtener victorias cuantas veces sean necesarias.

Hasta junio de 2008, el partido oficialista de Zimbabwe – el ZANU-PF –, liderado por el presidente Robert Mugabe que lleva en el poder desde 1980, había utilizado el miedo como la principal herramienta para mantenerse en la presidencia. Mediante la coerción o la intimidación, el régimen de Mugabe creaba amenazas dirigidas hacia la población, las autoridades civiles y demás residentes del país si importar su nacionalidad o función, con el fin de garantizar una votación donde los resultados fueran contundentes y favorables a sus intereses.

Ante la certeza de ganar, se encuentran resultados nunca antes vistos en alguna otra democracia funcional, donde casi por definición se pueden encontrar grupos de oposición dispuestos a manifestarse aún más en épocas electorales. Bien, en Zimbabwe se han registrado comicios con cifras cercanas al 90% de los votos a favor del continuismo de Mugabe, así como una participación del 100% de la población según cifras oficiales.

Continuando en Zimbabwe, a mitad de 2008 y en alianza con sus jefes de seguridad y sus aliados en el sistema de seguridad del país – los llamados “securócratras” – Mugabe puso en marcha medidas como la quema de urnas, amenazas televisas, pasquines hablando de la traición a la patria, boicot de carreteras y vías de acceso a los centros de votación y transporte de población votante a favor del presidente. Todo lo anterior para evitar que Morgan Tsvangirai, líder del Movimiento por el Cambio Democrático y fuerte opositor de Mugabe, tuviera posibilidad alguna de ganar las elecciones (Masunungure, 2011).

Parecería que el fin de esta historia llevaría también al fin del liderazgo de Mugabe ya que se estaba escribiendo un nuevo episodio en la larga lista de derrotas acumuladas por Tsvangirai… Se repetían las dinámicas de las elecciones de 2002. No obstante, el resultado fue diferente. Tsvangirai se ubicó primero en las votaciones pero sin una mayoría absoluta según los resultados oficiales que no fueron hechos públicos hasta meses más tarde y, en consecuencia, se lugar a numerosas acusaciones de fraude y alteración de resultados. Tsvangirai se presentó inicialmente a la segunda vuelta contra Mugabe pero pocos días antes de los nuevos comicios se retiró argumentando que las elecciones no serían libres y justas debido a la violencia generalizada y la intimidación por parte de los seguidores del partido oficialista.

Tras intensas negociaciones con Mugabe, y bajo presiones internacionales, Tsvangirai se convirtió en Primer Ministro de Zimbabwe el 11 de febrero de 2009; siendo así la primera persona en juramentar para tal cargo en más de veinte años. Ahora bien, Mugabe continúa siendo presidente de la República en un país políticamente bicéfalo donde el Primer Ministro no tiene poderes reales pero que, al haber realizado elecciones, cuenta con la legitimidad que le otorga el reconocimiento internacional. Esta situación es señalada por Andrea Schelder al referirse a la “brillante difusión de elecciones multipartidistas sin la democracia”, insertada en el marco de supuestas democracias liberales. Explica:

“The new stars in the constellation of nondemocratic governance are “electoral authoritarian” regimes, which conduct regular multiparty elections at all levels of governance yet violate basic democratic standards in serious and systematic ways” (Schedler, 2010).

Si bien la manipulación de elecciones es tal vez la forma por excelencia de relacionarse con la democracia, algunos regímenes también acuden a la creación de partidos políticos y grupos de apoyo dentro de las diferentes capas de la sociedad en aras de impulsar la participación de los mismos pero bajo las reglas de los líderes autoritarios. Se debe entonces abordar un paradigma que ha suscitado fuertes debates y es la gobernabilidad en los gobiernos comandados por líderes autoritarios en África actualmente.

Líderes Autoritarios y herramientas de gobernabilidad

Las dinámicas políticas propuestas por los gobiernos personales, por naturaleza, promueven y aseguran la creación y el mantenimiento de relaciones Estado-sociedad personalizadas, es decir, sólo a través del líder llegando a tener casos donde incluso el personaje es el Estado mismo. Por lo anterior, todas las estructuras estatales deben estar permeadas por su presencia directa haciendo que una de las estrategias más comunes sea la eliminación de la base fundamental de la organización estatal, es decir, las instituciones.

Así entonces el ataque a las instituciones es la primera herramienta de gobernabilidad con la que cuentan estos líderes. Mediante la abolición de manera simbólica o real los medios oficiales de autorregulación y operancia del Estado, es posible crear el escenario donde los autoritarismos han reposado por excelencia, es decir, la fuerte lealtad al presidente o líder en detrimento de las instituciones. Estos cuerpos son constantemente monitoreados y controlados para asegurar que no exista posibilidad alguna de que se genere un control sobre su mandato o un equilibrio de poder entre las tres ramas del poder público en las democracias liberales; una situación que podría claramente poner el peligro la existencia misma del Estado (Ogbazghi, 2011).

De la misma manera, el sistema político en los gobiernos personales se convierte entonces en una construcción más de ‘forma’ que de ‘fondo’. Incluso, en los regímenes personalistas donde las instituciones no son abolidas o convertidas en enemigas del líder, ocurre una institucionalización política del mismo donde el líder reemplaza los caminos regulares o los permea a tal punto que operan como agencias privadas de sus caprichos y hacedoras de su voluntad.

El académico Larry Diamond, un experto en estudios de la democracia y actualmente profesor de Sociología y Ciencias Políticas en la Universidad de Stanford sostiene: “the political struggle in Africa remains very much a conflict between the rule of law and the rule of a person.” (Diamond, 2008).

Una de las razones por las que esto ocurre es también la esencia misma del personalismo y los liderazgos autoritarios, es decir, no es el desarrollo económico, político o social lo que los impulsa a ser líderes sino el impulso de continuar en el poder de manera perpetua en una arena política que debe ser reducida a su mínima expresión.

Una segunda herramienta es la coerción que se puede aplicar mediante diferentes mecanismos. El primero, el militar. Eritrea ha sido un Estado con más de 22 años de dictadura. Conocido también como la Corea del Norte de África, posee uno de los ejércitos más grandes del continente con cerca de 320.000 efectivos (Myers, 2010) que han sido utilizados por el presidente Afewerki para mantenerse en el poder desde la declaración de independencia del país en 1991.

Fuertes alianzas con las cúpulas militares le han permitido a Afewerki controlar y disponer del territorio y sus pobladores a su antojo. Por esta razón, Eritrea se ha convertido en uno de los ejemplos más significativos del imaginario africano donde el Estado se fundamenta en la intimidación, supresión y violación de derechos humanos de sus propios pobladores, todo en pro de eliminar cualquier amenaza a la continuidad de su mandato, sean éstas reales o imaginarias.

Ampliamente extendida, sistemática y feroz (Ogbazghi, 2011), la violencia dirigida a las instituciones sociales es una de las prácticas más extendidas en los gobiernos personales africanos. Pero Afewerki no es el único que ha utilizado la fuerza militar para mantenerse en el poder. Robert Mugabe, por ejemplo, expropió a miles de granjeros y terratenientes en el marco de un plan de reforma agraria donde la tierra pasaría a los héroes de la guerra de independencia conocida como la segunda chimurenga. Ahora bien, luego de la expropiación, los terrenos dejaron de ser productivos y llevaron al colapso de la economía del país… Aún así, la entrega de tierras le permitió a Mugabe garantizar el apoyo y la lealtad de las fuerzas militares.

El uso de la fuerza bruta y la violencia van de la mano normalmente con la seguridad, la inteligencia y las tácticas de espionaje. Eritrea es descrita constantemente como una ‘gran prisión a cielo abierto’ donde cientos de personas sospechosas de ser opositoras del gobierno o de colaborar con gobiernos extranjeros son encarceladas sin juicio previo y puestas a disposición de las fuerzas militares. El periódico The Guardian en su editorial titulado “Eritrea: the World’s Biggest Prison” describió a Eritrea como un país cuyo gobierno inflinge un horror extraordinario a su población y donde la ‘no libertad’ – no freedom – es la regla en el sistema político del país (The Guardian, 2009).  Así mismo, una fuerza misteriosa letal llevó a cabo más de 200 desapariciones en 2009, dejándose de contabilizar oficialmente a inicios del año siguiente. Se mostraban a las víctimas como suicidas o muertos de forma accidental… pero casualmente eran personas que en algún momento habían manifestado su oposición al régimen de Afewerki.

En definitiva los lazos políticos entre las fuerzas militares y los líderes son mantenidos a través de relaciones clientelistas y mediante incentivos materiales. De la misma manera, los líderes tienden a generar superestructuras militares que coopten todo el funcionamiento estatal, es decir ‘militarizando’ al Estado, donde tareas como la entrega de alimentos, la construcción de edificios e infraestructura, e incluso la producción agrícola, recaen fuertemente bien en las manos de los militares, o bien en el control de dichas actividades por parte de estos.

La explicación es simple. El sector militar posee la fuerza necesaria para ejercer el poder así como la convicción para hacer uso de la misma en defensa de un gobierno que les provee de manera fácil el acceso a los recursos, bienes o servicios que necesiten, cuando quieran y como quieran. Lo anterior sumado a particularidades como que los ascensos – con sus privilegios y recompensas – se den sólo a aquellos que resultaron leales al líder.

Un segundo factor de coerción es el culto a la personalidad. Si bien existe amplia bibliografía sobre las diferentes formas de expresión de los personalismos que surgen en el continente, vale la pena mencionar un caso más reciente donde un carismático líder nacional se convierte en el eje central de la construcción de la identidad nacional hasta el punto en que se configura como la personificación misma del Estado y donde se gobierna al país a través de una mezcla entre miedo y recompensa.

Gnassingbé Eyadéma, presidente de Togo desde 1967 hasta su muerte en 2005, era reconocido por haber incluido dentro de la legislación nacional una orden para que en el rezo matutino escolar se incluyera su nombre como ‘Salvador de Togo’, comparándolo con Dios y agradeciéndole por todas las bendiciones recibidas.

Sumado a otros procedimientos de coerción menos formales y extra-legales, el atractivo personal se combina con mecanismos como las conexiones y lealtades, el prestigio social, el carisma y la habilidad oratoria, todos meticulosamente aplicados en diversos grados. El poder de coerción de esta personalidad radica en el convencimiento y formación de identidad que provee al pueblo, denunciando como traidor a todo aquel que se encuentre en su contra y señalándolo como enemigo de toda la nación.

Así, entonces, el patrón de razonamiento, ideales, deseos y decretos se encuentra presente en la vida cotidiana del país. En su intento por mantenerse en el poder, el líder exige obediencia y sumisión sin titubeos, dirigiendo discursos radicales, retratándose a sí mismo como sagaz y único, haciendo promesas poco realistas pero realizables siempre y cuando el pueblo confíe en él la tarea de intentarlo.

Eritrea vuelve a servir como ejemplo en este punto. A parte de ser el presidente, Isaias Afewerki es jefe de gobierno, presidente del Parlamento Nacional, Comandante en jefe del Ejército y Canciller de la – ahora cerrada – Universidad de Asmara. Preside todas las reuniones del partido, del parlamento y del concejo central, un organismo que agrupa a los principales líderes civiles.

Como último factor de coerción están la manipulación y creación de la información y de la sociedad civil. Los boletines informativos provenientes del partido oficial en Eritrea son los únicos medios impresos de donde se puede extraer algún tipo de información. De la misma manera, las organizaciones civiles de mujeres, jóvenes o trabajadores autorizadas y registradas por el gobierno son las únicas aglomeraciones capaces de realizar debates y reuniones para informar sobre un tema previamente autorizado por algún oficial del gobierno.

Se puede ver que si bien hay un alejamiento de títulos como ‘Rey y amo de todas las bestias del mar y los cielos’ – utilizado por Idi Amín durante su gobierno en Uganda – que eran el hazme reír de la comunidad internacional y la élite política, aún se mantiene un fuerte culto a la personalidad de un líder carismático como herramienta para mantener el poder.

Para los líderes autoritarios, otro factor importante es la relación con la sociedad civil. Debe entenderse como un pilar secundario de soporte a su dictadura ya que es la respuesta  a la eventual y previsible caída de legitimidad que sufren los líderes autoritarios. En Eritrea esto se traslapa con la información generada por el gobierno. El régimen de Afewerki presenta constantemente logros en materia económica, política y social con el fin de generar cooperación y obediencia, sumado a que son los grupos de la sociedad civil los encargados de transmitir dicha información. Se puede ver entonces cómo la movilización social en Eritrea puede ser entendida como una respuesta  la crisis de legitimidad que atraviesa el país (Ogbazghi, 2011).

Como tercer instrumento de gobernabilidad se encuentra la creación de un enemigo común. Dan Connell observa que la situación de guerra en Eritrea –relativa al conflicto entre esta última y Etiopía – no es accidental en absoluto.  Por el contrario, es completamente deliberada en cuanto busca justificar el monopolio total de poder que posee Afewerki. Para este tipo de líderes, los conflictos tienen un uso claro y preciso para mantener a los ciudadanos bajo un constante estado mental de miedo y sumisión (Ogbazghi, 2011).

Eritrea es ahora una nación en perpetuo estado de emergencia, soportando medidas destinadas a mantener a la población alejada de derechos fundamentales como el libre discurso, reunión, prensa o práctica religiosa. ¿Por qué? Hay que estandarizar a la población en una sola masa obediente y leal que pueda responder efectivamente y bajo el liderazgo de Afewerki ante una posible e ‘inminente’ agresión etíope.

Si bien esta realidad puede obedecer a un conflicto con un Estado vecino con el que eventualmente se tienen tensiones en la zona de frontera, la creación de nuevos enemigos es pan de cada día. Por ejemplo, actualmente el régimen ha adoptado lo que puede ser descrito como un estado de emergencia en contra del interés internacional en su situación. Los nuevos enemigos al parecer son: la libre prensa, las ONG, los organismos multilaterales, los periodistas extranjeros, entre muchos otros agentes que aunque son neutrales en un sentido más estricto de la palabra, para el régimen significan una amenaza creciente. Está prohibido por mandato constitucional cualquier crítica, reporte o artículo sobre la situación del gobierno o las políticas del gobierno.

De manera astuta, el concepto de independencia o autosuficiencia (self-reliance) se ha convertido en la bandera política de Afewerki para alejar a cualquier intruso. Las políticas de autosuficiencia son sólo un puñado de leyes que se suman al esfuerzo por mantener su legitimidad así como desmentir los comentarios y reportes existentes sobre la situación real del país. Por ejemplo, los pronunciamientos oficiales describen la posición del gobierno como una manifestación única donde se insiste en que el mundo debe dejar de ver con lástima al país y dejarlo ser autosuficiente para no encontrar pretextos que lo lleven a ser invadido ‘de nuevo’.

Acusando a la ayuda internacional como ‘caballos de Troya’ para los intereses de potencias extranjeras, el gobierno se automargina de las entregas de alimentos, medicamentos y demás bienes para la supervivencia de una de las poblaciones con las mayores hambrunas del continente.

Una cuarta herramienta para la gobernabilidad ha sido la forma de rendir cuentas, es decir, de ejercer la conocida accountability. En primer lugar, la rendición de cuentas política está creada para mostrar un balance de la entidad responsable y así mismo contener los abusos de poder. En los gobiernos autoritarios, las rendiciones de cuentas políticas se hacen en organismos creados por los mismos líderes, sino fuertemente atados y leales al mismo.

Esta forma de hacer accountability se articula con una extendida burocracia que posee lazos íntimos con el líder y ubica a integrantes del partido dominante en cargos de alta responsabilidad formando un andamiaje en el cual la rendición de cuentas es una actividad meramente formal llevada a cabo a puerta cerrada y sólo con personal de confianza. De la misma manera, las manifestaciones del líder hacia el pueblo casi nunca ocurren en aras de evitar posibles cuestionamientos en público que puedan terminar en una masacre o algún tipo de despliegue de violencia masiva nada conveniente para el régimen.

El secretismo con el pueblo, pero la ‘apertura’ a sus aliados es una de las mayores características para hacer rendición de cuentas. Así, el pueblo se encuentra en clara desventaja sobre qué hace o no su gobierno con el dinero, bienes o servicios a su cargo. Sin embargo, en varios casos como en el de Afewerki o Mugabe, se suelen justificar estas privaciones de información como una estrategia que le hace bien al pueblo, como una inversión para el futuro que está siendo cuidadosamente administrada por el líder y que por el bien de la misma no debe ser de conocimiento público (Eme, 2010).

Ahora bien, la accountability cuenta con una forma relativamente fácil de ser llevada a cabo debido al carácter interno de la misma y donde ningún otro agente en principio esta llamado a participar. No obstante la rendición de cuentas económica posee unas dinámicas mucho más complejas. En países como Guinea Ecuatorial, Zimbabwe, Eritrea y Etiopía entre muchos otros, la gran mayoría del presupuesto nacional proviene de donaciones, préstamos o desembolsos de la ayuda internacional haciendo que sea más difícil ocultar el destino final del presupuesto público.

Sumado a la situación de pobreza que atraviesan los países comandados por líderes autoritarios, es más que obvio que el gobierno central no recaude sus fondos de una de las fuentes de financiación y a la vez de control gubernamental por excelencia, los impuestos. Por lo anterior, la lealtad y legitimidad del gobierno se encuentra viciada por una fuente de ingresos que desliga los lazos que comprometen al Estado y al gobierno de turno con sus electores – así sea un sentido técnico – y proveedores de fondos (Eme, 2010).

Uno de los mayores donantes actualmente en África es China, un país gobernado por un mismo partido durante los últimos 30 años, que controla ampliamente los sistemas de producción y el aparato estatal. El ‘’gigante asiático’ se ha destacado por ser aquel que continuó apoyando a diversos gobiernos africanos tildados de dictatoriales. Lo anterior en aras de consolidar su ascenso a convertirse una potencia mundial de primera línea, que además cuenta con amplios apoyos políticos así como con territorios dispuestos a generar concesiones para que la economía china se alimente de sus recursos, principalmente mineros.

A su vez, este fenómeno se compara con los recursos destinados por grandes multinacionales a cambio de permitir la explotación de recursos, en su mayoría mineros, en varios países de África. Casos como el de Nigeria dan una muestra del traspaso de legitimidad y obligaciones que tiene los gobiernos con su pueblo hacia una lealtad dirigida a nuevos agentes. Una de las principales razones de la crisis política del gobierno de Abuja fueron las protestas civiles y con participación de milicias en contra de los enclaves de seguridad, llamados ‘pequeños Estados petroleros’, que el gobierno de Olusegun Obasanjo les permitió tener a petroleras como Chevron y Texaco a cambio de los grandes desembolsos de dinero que dichas compañías hacían al gobierno central en algunas ocasiones, y a título propio de Obasanjo en otras (Abrahamsen, 2010).

En este orden de ideas, la paradoja central de este tipo de rendición de cuentas ronda sobre la obligación que deberían tener los líderes con sus ciudadanos pero que no sucede en los regímenes mencionados; enfrentada a una constante responsabilidad con la comunidad internacional, ciertas empresas multinacionales y sus principales donantes, pervirtiendo la responsabilidad y la legitimidad del Estado frente su población (Eme, 2010).

Como quinta y última herramienta para ejercer gobernabilidad se encuentra el monopolio del poder. El fenómeno de los personalismos está fuertemente ligado a la monopolización del poder por un dictador individual, alejado de las decisiones conjuntas, militarizado y a cargo de una hegemonía política y económica  que direcciona completamente el rumbo del país. Es lo que se denomina ‘sultanismo’ o hegemonía de Estado y que opera dentro de un sistema económico defectuoso pero altamente estatizado que empuja a la monopolización del poder político en las manos de una sola persona, haciendo que ésta sea la encargada de llevar a cabo control de precios, de comercio, actos legislativos, y regulaciones de varias materias (Ogbazghi, 2011).

El monopolio del poder suele expandirse al control del aparato económico del país. Robert Mugabe, por ejemplo, mediante medidas de expropiación de tierras en su campaña para la expulsión del ‘monstruo blanco’ – en referencia a la población blanca del país –, despojó de las tierras más productivas a las personas más calificadas, educadas y con capacidad de mantener la economía del país (Power, 2003).

Igualmente el control de precios ejercido por Mugabe sumado a la hiperinflación diaria que hace que los alimentos sean prácticamente inasequibles, dejó a un país conocido como ‘la despensa de África’ sumido en un colapso económico desde hace más de 10 años.

El problema final de los liderazgos autoritarios

De manera contundente, el fenómeno de los personalismos en países como Camerún, con Paul Biya; Egipto, con Hosni Mubarak; Zaire – hoy República Democrática del Congo – con Mobutu Sese Seko; Jean-Bedel Bokassa en la República Centroafricana; el Dios Ali Solihi de Islas Comoras o Robert Mugabe en Zimbabwe, han sido uno de los mayores obstáculos para la consolidación de la democracia liberal en toda África.

Sus continuas apariciones en público sumadas a los apoyos por parte de países extracontinentales hacen ver que los esfuerzos destinados para su superación son fácilmente convertidos en botines – políticos o económicos – que son apropiados por los líderes autoritarios africanos para ser convertidos en lujosos autos o vacaciones por Europa que mitifican de manera más amplia la figura del líder, fijan alianzas con los ‘otros’ beneficiados por los ‘regalos’ y que de manera absurda perpetúan un círculo de rendición y simbiosis entre un Estado y un hombre.

La ironía de las dictaduras personalizadas en estos líderes autoritarios es que cuanta más energía acumulan en empresas que eviten la aparición de amenazas o la eliminación de las mismas, su sentimiento de seguridad se ve cada vez más disminuido. Sus intentos por mantener el poder a través de los diferentes medios genera una seguridad interna que se antepone de manera casi directa a la seguridad externa, una paradoja que bien ilustra Isaias Afewerki que tiene un gran control estatal que se mezcla con fuertes y constantes amenazas provenientes del exterior. En consecuencia, se inicia un nuevo ciclo donde la inseguridad del líder se traduce en iniciativas autoritarias y violentas dirigidas hacía la población civil en la mayoría de los casos.

El resultado final es prácticamente un aislamiento de países como Eritrea o Zimbabwe de la comunidad internacional. Sin embargo, los regímenes continúan eximiéndose de cualquier responsabilidad por las crisis socio-económicas y políticas que sus políticas han dado lugar.

A manera de conclusión, se debe generar una reflexión alrededor del fin de estos líderes en poder y que puede conllevar la repetición de historias de asilos y muertes silenciosas sin que se haya dado algún tipo de aplicación de justicia. También es válido plantearse si ante las nuevas dictaduras ‘democráticas y participativas’, se seguirán presentando cambios que demuestren su capacidad de adaptación ante las exigencias cada vez más estrictas del sistema internacional y su necesidad de respeto por los derechos humanos.

En el marco del continente, África posee fuertes mecanismos diseñados para que estas situaciones dejen de suceder. Uno de los mandatos de la Unión Africana es garantizar la eliminación de los gobiernos personales y la garantía de la aplicación de los principios democráticos en todos los países del continente. Sin embargo, los mecanismos de aplicación de la Carta de la Unión Africana y la capacidad real de la organización aún se encuentran en proceso de implementación haciendo que sea imposible que la Unión solucione en el futuro próximo los problemas de gobernabilidad y democratización en el continente.

Más allá y para concluir, valdría preguntarse si la democracia liberal occidental como el sistema político es la solución definitiva a los problemas de derechos humanos y dictaduras en África. En esta dinámica se enmarca el camino futuro del continente, que quizá  pueda desmantelar las arandelas liberales de los personalismos y crear sistemas políticos que garanticen los derechos y las libertades tan defendidas por la comunidad internacional actual.

Bibliografía

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  • Eme, Clement Adibe. “Accountability in Africa and the International Community”. Social research: An international quarterly of the social sciences, ISSN 0037-783X, Nº. 4, 2010 (Ejemplar: From impunity to accountablity: Africa’s development in the 21st century.) , pp: 1241-1280
  • Diamond, Larry. “The State of Democracy in Africa.” Documento presentado para una Conferencia relative la Democratización en África: What Progress Toward Institutionalization. Centre for Democratic Development, Ghana, 2008.
  • Fukuyama, Francis. “The End of History”. National Interest 16. (Summer 1989): 3-4, en Masunungure, Eldred V. “Zimbabwe’s Militarized, Electoral Authoritarianism” Journal of International Affairs. Vol. 65, No. 1, Fall/Winter. 2011. pp 47
  • Masunungure, Eldred V. “Zimbabwe’s Militarized, Electoral Authoritarianism” Journal of International Affairs. Vol. 65, No. 1, Fall/Winter. 2011. pp 49
  • Myers, Nathaniel. “Africa’s North Korea: Inside Eritrea’s open-air prison.” Foreing Policy.  Edición: Julio/Agosto, 2010.
  • Ogbazghi, Petros B. “Personal Rule in Africa: The Case of Eritrea”. African Studies Quarterly . Volume 12, Issue 2. 2011
  • Power, Samantha, “How To Kill A Country: Turning a breadbasket into a basket case in ten easy steps—the Robert Mugabe way”. ATLANTIC MAGAZINE. Diciembre, 2003.
  • Schedler, Andreas . “Authoritarianism’s Last Line of Defense”. Journal of Democracy . Volume 21, Number 1, January 2010. pp. 69-80
  • Editorial, Periódico The Guardian. “Eritrea: The world’s biggest prison”. Viernes 17 de Abril de 2009. [En Línea]. Disponible en: http://www.guardian.co.uk/commentisfree/2009/apr/17/eritrea-human-rights
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