Crónicas de África: Maseru, entre lo extraño y lo particular

Posted on octubre 30, 2012

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Por: Camilo Ernesto Rojas Álvarez
Asistente de Investigación – Estudios Africanos
camilo.rojas.alv@gmail.com

Transcurrían las primeras horas del día y somnolientos abordábamos el bus que nos llevaría a nuestro segundo destino en este viaje: Lesotho. En medio del letargo de las 7:00 a.m. observaba a través de las ventanas del bus las frías y limpias calles de Bloemfontein por donde transitaban escasas personas que contrastaban con un sinnúmero de árboles que rodeaban el panorama.

Sin embargo, la estadía en Bloemfontein no podía terminar sin antes beber un poco de café en una estación de servicio donde nos aprovisionamos de lo necesario para soportar las 5 horas de viaje que nos esperaban antes de llegar a Maseru, la capital de Lesotho. En medio de la exploración del mini supermercado tuve la curiosidad de leer el periódico y me encontré con el Sunday Times en cuya portada se registraba un titular que aún recuerdo y que ocupó mi pensamiento una parte del recorrido: “Mugabe declares war”.

Justo cuando el recorrido se hacía interminable, cruzamos por un pueblo que contrastaba con la opulencia arquitectónica y urbanística sudafricana de la cual veníamos. Sin embargo, lo que observábamos iba más allá de viviendas humildes, resultaba agradable ver aquellas casas en madera perfectamente organizadas en el terreno, rodeadas de árboles frescos y secos, con un rudimentario sistema de electricidad y que reflejaba el bienestar a su manera; con dignidad.

Después de algunas horas de camino, inició el descenso en la carretera y al fondo se divisaba delante de las montañas el país que nos hospedaría por los próximos días. Después de 20 minutos adicionales de recorrido llegamos a un “peaje” que resultaría ser realmente la oficina de inmigración.

Descendimos con escepticismo del bus, ¿éste es el lugar que nos esperaba? – nos preguntábamos en silencio – captamos la atención de las personas que se encontraban en el lugar; quizás atraídos por nuestra cara de duda frente a lo que nos esperaba por las próximas horas o simplemente por la reacción natural del ser humano por observar al foráneo. En cuestión de minutos nos encontrábamos en la estrecha oficina de inmigración diligenciando un formulario con el cual nos darían los permisos de ingreso, aglutinados, confundidos y ansiosos de conocer el país que tanta expectativa nos había generado principalmente por la nieve africana de la que nos habían hablado y que posiblemente encontraríamos allá.

Llegar a Lesotho fue un choque que nos hizo recordar que estar en África implicaba ver todos los escenarios sociales, reconocer que más allá de los inigualables paisajes existían sociedades que desconocían el bienestar y que su valor principal radicaba en su gente y su capacidad de sonreír muy a pesar de sus necesidades. Había sido una transición de la felicidad contagiosa y el sentimiento de libertad de Sudáfrica al deprimente y silencioso Lesotho.

El sonido del sello sobre el pasaporte y un “Welcome to Lesotho” puso final al dispendioso trámite y por alguna razón que aún no entiendo debíamos cruzar la frontera caminando a través de un puente. Con el pasaporte aún en la mano y bajo un sol de 28° atravesamos el puente atiborrado de publicidad, casi ahogado en medio de árboles y con un aviso blanco que intentaba destacarse y que decía “Lesotho Border”, éste puente era el que dividía los territorios de Sudáfrica y Lesotho.

Valla en Maseru Bridge, frontera entre Sudáfrica y Lesotho (Fuente: Estudios Africanos)

Mientras analizaba las implicaciones de que este país fuera una monarquía me sorprendió una palabra que se formaba en piedra en medio de una montaña y que decía “Police Training College” y que contrastaba con la valla que algunos metros atrás decía “Welcome to Lesotho: kingdom in the sky”, por lo cual concluí que la globalización requería formar policías hasta para los cielos.Por un momento me detuve a detallar el sello que estaba en el pasaporte, quería pensar que estábamos ingresando a otro lugar distinto a Lesotho y que ese extraño ambiente lúgubre no correspondía a nuestro destino. La tinta intensa señalaba de manera irremediable “Kingdom of Lesotho”, guardé el pasaporte y mientras me quitaba la chaqueta ahogado por el inclemente sol miraba los techos en forma de sombrero de algunas casas que lejos de la estética resultaban lo más agradable hasta el momento.

Ascendimos a una montaña absolutamente cubierta de árboles y cuya parte superior albergaba al Lesotho Sun, un lujoso hotel con fachada en piedra, amplios jardines, y la mejor vista para apreciar a Maseru. Las instalaciones y la vista sobre la ciudad generaban un sentimiento de comodidad preocupante “Lesotho es más que un hotel” me repetía con insistencia, era hora de salir a conocer la ciudad.

Mientras descendíamos del hotel hacia la vía principal veía como poco a poco se desdibujaba el verde intenso de los árboles y la calidez del lugar se transformaba en una soleada pero superficial tarde. Con cada metro de camino confirmábamos lo que se sentía en el ambiente, no existía una conexión con la ciudad, no había comodidad, había prevención, era como si de repente lo conociéramos todo y no quisiéramos explorar más el lugar.

Y no era cuestión de construcciones atractivas, eso quedó claro desde el principio cuando cruzamos la Corte Suprema de Justicia, la cual se asemejaba a un búnker de no más de 2 años de construcción y que contrastaba con las humildes pero organizadas casas de sus vecinos del otro lado de la calle, algunas con tejas de zinc, en otros casos gres y con amplios terrenos usados para secar la ropa. En ese momento entendí que estaba en un reino absolutamente alejado de la población y que incluso su monarca no podría vivir allá porque la depresión pondría en riesgo la corona.

Corte Suprema de Justicia – Maseru, Lesotho (Fuente: Estudios Africanos)

Alianza Francesa y consulado alemán en Maseru, Lesotho (Fuente: Estudios Africanos)  

Era el momento de entender que Maseru tenía para ofrecernos aquello que no queríamos ver; avisos y construcciones, porque hasta los automóviles brillaban por su ausencia. Caminar entre las calles de Maseru era enfrentarse a la tarea de descifrar el lugar en el que nos encontrábamos, en la primera se percibía una ligera sensación de tranquilidad que generaba letargo pues ante nosotros se divisaban varias casas sin cerca y lo más preocupante… sin gente, sin vida.

La siguiente calle nos mostraba un aire diferente o bien podría decir unas rejas diferentes, porque cada construcción a lo largo del camino sin importar el estilo, lo moderno, lo clásico o lo humilde estaba cercada, mallas de 2.50Mts de alto y para brindar un tono de decoración adicional con alambres de púas que guardadas las proporciones nos hacían sentir presos en un reino donde primaban más las hojas que caían de los árboles que la gente en la calle.

Mientras avanzábamos en la exploración de la ciudad más nos sorprendíamos, tal y como sucedió al pasar por el frente de la antigua estación de bomberos de Maseru, una casa donde la fachada estaba hecha en teja de zinc, las paredes en ladrillo al igual que la entraba principal, pero que resultaba llamativa por encontrarse en perfecto estado.

Después de algunos minutos llegamos al centro de la ciudad, particularmente a una esquina en la que se apostaban algunos escalones en piedra en forma de arco y que finalmente formaban un monumento con un cocodrilo en la parte superior, que en su momento fue bautizado “El Lacoste de Lesotho” pero que a la fecha desconozco su significado. Era otro de los elementos particulares de Maseru y gracias a él en medio de la tensión hubo espacio para las sonrisas, éramos nosotros y el “Lacoste”, los únicos que al parecer le dábamos vida a Maseru.

Monumento a la Monarquía – Maseru, Lesotho (Fuente: Estudios Africanos)

Tras recorrer varias calles, el argumento de registrar en fotografías todo el recorrido se desvaneció, era más de lo mismo, justo en ese punto guardábamos las cámaras y caminábamos para no ahogarnos debajo del sol de 28° que nos observaba, quizás el único que lo hacía. Teníamos claro que estábamos en África y resultaba una experiencia única, pero en Maseru no había esa magia africana que buscábamos.

Maseru estaba irónicamente saturada del aparato institucional, ministerios y entidades por doquier, ofreciendo servicios propios de una capital, pero al cruzar por cada una de esas instalaciones era inevitable preguntarse -¿Y para quién?- era como si toda la gente se hubiese enterado de nuestra llegada y hubiese desaparecido, no había opción para el contacto con los lesotenses pero sí con los ministerios, ¡qué ironía!Sin lugar a dudas, lo más particular de la ciudad fueron las notables diferencias en las construcciones de los ministerios, y en donde se reflejaba que no existía un orden jerárquico lógico y de existir era totalmente opuesto a lo que conocemos en Colombia.

Era tiempo de regresar, empezaba a caer la tarde y para nuestra sorpresa en el camino encontrábamos a varias mujeres que regresaban a sus casas después de un largo día de trabajo con sus bebés a sus espaldas envueltos en mantas que los aseguraban de manera efectiva y que contrastaban con los modernos sistemas de protección para niños en el mundo occidental. Sin embargo, no hubo ni siquiera contacto visual, nuestro plan era de turismo y exploración y en esos rostros se veía un agotamiento que no era justo perturbar.

Sin embargo, antes de iniciar el camino de regreso al hotel, una de las experiencias más impactantes de Lesotho se manifestó ante nuestros ojos.  Teniendo en cuenta las múltiples recomendaciones de nuestra guía sobre el agua de Maseru y la posibilidad de adquirir el famosísimo “Maseru Bug” – una especie de virus estomacal famoso entre los extranjeros que consumen el agua de la ciudad –, nos detuvimos a comprar agua embotellada en una estación de gasolina.  Mientras algunos de nosotros estaban en la tienda, los que tuvimos la fortuna de quedarnos afuera empezamos a oír una música con un sabor africano maravilloso. No era música de rumba, no era música para sentarse a hablar.  Era una música extraña, con mucho sabor, calmada, que inspiraba paz pero completamente africana.  De repente, una mujer de jeans oscuros, una camisa de rayas rojas y blancas, pelo corto y una sonrisa que iluminaba a todos los presentes apareció de uno de los edificios contiguos a la estación y empezó a bailar frente a nosotros.  Puedo afirmar sin miedo a equivocarme que nunca – y soy colombiano – había visto a alguien bailar de esa forma.  El ritmo era increíble, sus movimientos celestiales, la escena… simplemente maravillosa.  Mis compañeros y yo quedamos conmovidos de la forma como en un lugar que había sido gris, incluso lúgubre desde nuestra llegada, esta mujer había iluminado nuestra tarde con una faceta de África que no habíamos visto hasta ahora: un baile celestial.

Después de 2 horas nos encontrábamos en ascenso por la montaña que nos llevaría al hotel, ascenso que se interrumpió por la oportunidad que nos daba el momento para ver caer la tarde, la neblina cubrió progresivamente la ciudad y frente a nosotros aparecieron las imponentes montañas Drakensberg en medio de un cinturón rojizo que incrementaba su color a medida que se ocultaba el sol, éste sin duda sería uno de los mejores atardeceres en todo el viaje, aunque el silencio del momento era igual de perturbador, la magnificencia de la naturaleza nos hizo olvidar por el resto de la noche el lúgubre recorrido de ese día.

Ministerio de Defensa – Maseru, Lesotho (Fuente: Estudios Africanos)

Parlamento de Lesotho – Maseru, Lesotho (Fuente: Estudios Africanos)

No había posibilidad a actividades nocturnas, no había vida más allá de las puertas del hotel, llevábamos sólo algunas horas en Lesotho pero en el fondo todos extrañábamos Sudáfrica, para nosotros Lesotho ya nos había mostrado lo suficiente.

A primeras horas del siguiente día se terminó de hacer el reconocimiento del hotel y aprovechamos para recorrer algunas zonas verdes aledañas que poco a poco formaban un bosque. Era hora de regresar a Sudáfrica y mientras iniciábamos el recorrido, pensaba en el proceso histórico que dio paso a que este enclave pasara de ser “Basutolandia” a convertirse en el Reino de Lesotho, ¿Era realmente éste reino el que planeaban formar? ¿Qué significaba ser lesotense? Éstas y más preguntas rondaban por mi cabeza mientras veía cómo los prados se vestían de otoño, era realmente hora de irse.

Nuevamente nos encontrábamos en la frontera, y curiosamente cuando nos íbamos volvió a aparecer la gente, caminábamos entre los vendedores de los sombreros tradicionales y observábamos la gente que se dirigía a sus trabajos, se despedían de manera especial y dibujaban aquellas sonrisas profundas que sólo se ven en África y que esperábamos ver durante nuestra estadía en Maseru.

Mientras caminaba hacia la oficina de emigración pensaba en lo particular que era Lesotho y especialmente el ambiente de Maseru, una ciudad extrañamente silenciosa pero interesante, resultaba sorprendente cómo en una ciudad tan lúgubre se manejaban dinámicas de sociedad organizada pero sin interacción entre las personas, sin vida más allá de las paredes de las casas, era extraño. La nieve y la monarquía de Lesotho son dos temas que aunque resultan fundamentales al hablar de Lesotho, es mejor no tratarlos porque aunque no se vieron ni se percibieron, no se desconoce su existencia.

El sello de salida estaba sobre el pasaporte y era hora de abandonar el país, cruzaba el puente de la frontera con la satisfacción de haber conocido Lesotho pero con el sinsabor de no haber encontrado una conexión real con el lugar, no obstante quería evitar la estigmatización y deseé regresar en otra oportunidad para conocer realmente la magia que esconde Lesotho, ¡debe tenerla!

A las 10:00 a.m. estábamos de nuevo en Sudáfrica, listos para recuperar la alegría que habíamos dejado a un lado, justo delante del símbolo de la bandera con los brazos abiertos y dispuestos a continuar con el viaje que jamás íbamos a olvidar; pero una lección aprendida, cualquier lugar que encontráramos adelante requería nuestro esfuerzo para encontrar allí la magia de África.

Panorámica de Maseru, Lesotho (Fuente: Estudios Africanos)

Panorámica de Maseru, Lesotho (Fuente: Estudios Africanos)

Panorámica de Maseru, Lesotho (Fuente: Estudios Africanos)

Panorámica de Maseru, Lesotho (Fuente: Estudios Africanos)

Panorámica de Maseru, Lesotho (Fuente: Estudios Africanos)

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