Crónicas de África: Maputo, un estímulo para los sentidos

Posted on octubre 30, 2012

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Por: Ana María Moreno
Asistente de Investigación – Estudios Africanos
ana.moreno@est.uexternado.edu.co

Con tanto tiempo para pensar, más de 6 horas de camino, debo confesar que no fue sino hasta que empezamos a aproximarnos a la frontera que caí en cuenta de lo que estaba a punto de suceder, iba para uno de los países más pobres del mundo: Bienvenida a Mozambique.

La mañana que cruzamos de Sudáfrica a Mozambique significó pasar de un mundo a otro. El puesto de inmigración era una casa descuidada y un poco vieja, muy seguramente construida en la época de la colonia, hace 30 años, y por alguna razón alérgica a la remodelación y a la limpieza.

De nuevo en el bus de camino a la capital, y después de tratar de explicar en perfecto español (creyendo ingenuamente que si vocalizaba el idioma hispano al tiempo que gesticulaba ridículamente, estaría mágicamente hablando portugués) el motivo de mi viaje, me encontraba con el resto del grupo yendo finalmente hacia Maputo.

La carretera ligeramente pavimentada nos dio una pista de cómo iban a ser las cosas de aquí en adelante. Todas un poco rotas. Bob, el conductor del bus, había pasado de manejar en un país que es casi del primer mundo, a calles que podrían ser perfectamente bogotanas.

El paisaje de la carretera era hermoso a su manera. Un poco desértico y sobre todo seco. Apenas pocas casas artesanalmente construidas se levantaban del piso, todas con al menos una pared en algún color vistoso. Los techos de estas pequeñas construcciones al lado del camino se movían al gusto de la más mínima brisa que pasaba, y debo hacer la salvedad; el pasar de nuestro bus era esa mínima brisa.

Lorenzo Márquez

Apenas se llega, el paisaje urbano impacta. Rejas de piso a techo en todas las ventanas, terrazas o balcones que sobresalen de la estructura, incluso en edificios que superaban los seis o siete pisos de altura. Esto hace reflexionar sobre la seguridad en las calles, o más bien, crea una lista mental de acciones a tomar para no ser la próxima víctima de algo o alguien.

Una vez en el hotel y después de crear un mapa mental mientras recorría la zona de computadores, el hall, el comedor, los ascensores y finalmente el cuarto, nos dispusimos a salir a almorzar, a seguir con la rutina diaria de la alimentación. Apenas cruzamos la salida cierto sujeto, maestro de considerable altura, no olvidó preguntar la dirección del hotel, junto a una petición de dos mapas de la ciudad y los sitios importantes de ésta.

Nos ubicamos. Estábamos entre las calles “Av. Ho Chi Minh” y la “Rua H. De Soussa SE (Rua da Se)”, exactamente en diagonal a la estatua de Samora Machel, el primer presidente del país, al frente de la Catedral de Maputo.

Me acerqué al mostrador y haciendo uso nuevamente del ridículo movimiento de las manos y de la vocalización del español, pregunté por qué se llamaba Maputo y que cómo se llamaba antes. El recepcionista un poco sonriente, prefiero creer que por amabilidad y no por burla aunque esto último es casi un hecho, me respondió en portugués que se debe a que así mismo se llama la provincia donde está ubicada la ciudad y el río que la baña. Añadió que proviene del líder de una antigua tribu “Maputa”, que gobernó toda la zona antes de la llegada de los portugueses.

Para terminar enfatizó en que antes de la colonia solían llamarse así y que en los años entre la instauración de esta última y la llegada de la independencia la ciudad se llamó Lorenzo Márquez.

Ataque a dos sentidos

Escucharlo hablar me recordó nuestra parada en São Paulo. Pero no por el idioma ni por el fenotipo de hombre que ahora es mi interlocutor al otro lado del Atlántico, en absoluto. Era todo lo contrario. El portugués africano o por lo menos el portugués mozambiqueño era mucho más fácil de entender que el proveniente del país de la samba. No había terminaciones nasales tan pronunciadas ni palabras extraídas del italiano que salían mezcladas como disparos idiomáticos de la boca de algún brasilero de cara bonita. No. Era prácticamente otro idioma, mucho más parecido a su vecino colonial, el español.

Me sentí feliz. Me estaba comunicando mucho más fácil al otro lado del mundo, en un continente desconocido para la mayoría de latinos, que en mi propio lado del océano, donde se supone todos nos parecemos. Por cierto, esta experiencia me enseñó que para el resto del mundo somos (Colombianos, Ecuatorianos o Peruanos, da igual) uno más de los países que orbitan alrededor de Brasil, punto.

Volviendo a la caminata, cuando salimos a la calle, los estímulos a los sentidos empezaron a cambiar. Primero vino la vista. Los ojos sólo veían menciones de Samora Machel en placas, esquinas y estatuas. Todas ubicadas en avenidas con nombres como Vladimir Lenin, Karl Marx o Mao Tse Tung. Abrí el mapa que me había robado de mi compañero para corroborarlo y efectivamente, al menos tres o cuatro decenas de calles con nombres que sólo estaban en lecturas sobre la Guerra Fría y que generalmente hacían alusión a dictadores o regímenes presentados por Occidente como fracasados.

Claro que no sólo calles, sino plazoletas, parques y universidades. Definitivamente estar en Maputo era caminar sobre Fidel Castro para llegar a Robert Mugabe.

Estatua de Samora Machel en el centro de Maputo (Fuente: Estudios Africanos)

Plaza Robert Mugabe en la Avenida da Marginal (Fuente: Estudios Africanos)

Es más, encontrábamos cada dos o tres cuadras varios avisos del FRELIMO (Frente de Liberación de Mozambique), el partido político de izquierda que lideró la independencia del país hace 30 años y que ahora gobierna el territorio. Me llamó la atención encontrar una frase conocida, podría asegurar que la he oído antes en Colombia. Bueno, sólo que esta vez tenía un par de letras diferentes: “Vota FRELIMO, A FRELIMO QUANDO PROMETE CUMPRE”.

Centro de Maputo – Publicidad política del FRELIMO (Partido de Gobierno) en la Av. 24 de Julho (Fuente: Estudios Africanos)

Después vino el olfato. Creo que no hay recuerdo más vívido que los olores para quien visita Maputo. Los humores eran una experiencia que desafiaba a la nariz constantemente. Tanto así que el ser temerario perdió su significado y se relativizó en todos nosotros. Ya no era saltar de un precipicio; en Maputo, era entrar a un baño público.

Llegó el Tren

En las calles se encuentran dos tipos de sujetos involucrados en el aspecto sucio de la ciudad. Los primeros, personas en diligencias relativas a las necesidades fisiológicas, y los segundos, gente en actividades más cotidianas dentro del desaseo tales como botar basura o papeles a la vía pública. Ahora bien, la imagen dista de ser caótica o desconocida, nosotros los habitantes de países en vía de desarrollo con altos índices de desigualdad y pobreza, contamos con imágenes similares en los barrios marginales de las ciudades o en los caseríos abandonados por el Estado. En absoluto. Es un poco más como encontrarse con un estadio previo al que ahora se vive en las ciudades de Colombia, más como un salto en el tiempo.Los múltiples olores encontraron su explicación en la falta de aseo del espacio público de la ciudad. Aunque siendo sincera, no dista mucho de la desorganización de algunos lugares bogotanos. El bemol de este contexto es que no estaba sectorizado, prácticamente en todos los sitios que visitamos en nuestra estadía en Maputo, salvo el hotel, tenían este olor particular.

Al día siguiente, y aún con un poco de cansancio del día anterior, tuvimos un ‘city tour’ por la ciudad. El guía, muy preparado así como curioso por nuestra nacionalidad, nos contaba las historias que la marcaron y que supongo él esperaba que nos marcaran a nosotros también.

El tour era en un trencito de pequeño tamaño con vistosos colores que rezaba en el frente ‘Maputo Express’. Se parecía a los que existen en centros comerciales para que las madresdescansen de sus niños y, sí, para que a su vez ellos se diviertan. Como todo turismo, se basaba en conocer las partes lindas de la ciudad. Los edificios gubernamentales, la playa, los ministerios, entro otros.

Me llamó la atención que en el camino que bordea la costa existe un mural de gran extensión hecho con vitrales destinado a ser una oda a la revolución y la independencia. Frases de Machel estaban escritas a lo largo de todo el camino, con aves, colores y figuras amorfas que se entrelazaban entre las letras con el fin de hacer el cuadro más estético a los ojos de los turistas, así como con la intención de darle ímpetu a los maputenses.  Entre ellas, una que resalta y enmarca mucho de la historia de África: Não se pregunta a um escravo se quer ser livre.

Murales alusivos a la revolución y al comunismo en la Avenida da Marginal que bordea el Río Maputo y el Océano Índico (Fuente: Estudios Africanos)

El trencito, a media marcha y con un conductor somnoliento que nos producía zozobra llegó a la famosa estación del ferrocarril de Maputo. La arquitectura era europea a más no poder, resaltando de manera especial entre los demás edificios que poca coherencia estética tenían, pero que precisamente por ello creaban un collage interesante a los ojos.

Estación del Ferrocarril de Maputo (Fuente: Estudios Africanos)

Estación del Ferrocarril de Maputo (Fuente: Estudios Africanos)

La estación en sí era vieja y como todo, un poco rota. Víctima de la corrosión de la sal, los acabados en cobre eran de un verde menta que resaltaba en los techos y algunos barandales. Las tablas del piso poseían el mismo color, pero no por el cobre sino por la pintura que los revestía. La estación y sus pasadizos largos como las vías del tren creaban un punto de fuga muy interesante adornado con los pasajeros que esperaban abordar, no habría más de diez o doce en toda la estación.

No serían más de ocho o diez cuadras donde la modernidad y la opulencia de las fachadas impactaban. Los contrastes eran absolutos. Edificaciones construidas hace pocos años con diseños de vanguardia típicos de la corriente minimalista adornados todos con carros de las mejores marcas (blindados y polarizados) en sus parqueaderos.De nuevo en el tren y de camino al antiguo fuerte portugués convertido en museo se atraviesa por la ‘Av Da Marginal’ la cuál bordea importantes ministerios, restaurantes, edificios de agencias internacionales y prestigiosos cafés de la ciudad que le dan el toque refinado a la ciudad.

El Ministerio de Cooperación Exterior era muestra de ello. De un color curuba singular pero de tamaño impresionante era un edificio que daba fe de la cantidad de ayuda internacional que recibe el país. Mozambique es uno de los países que cuenta con el mayor número de agencias de cooperación en el mundo. En la mayoría de calles por las que se pasa hay al menos una agencia de cooperación bien sea internacional o de carácter regional. Una compañera comenta que el dinero es velozmente despilfarrado por la enorme descoordinación y apetitos de protagonismo de las agencias.

Más adelante, a las pocas cuadras, se encontraba uno de los barrios de mejor estatus socioeconómico de la ciudad. No supe nunca su nombre, o tal vez me lo dijeron, pero no lo recuerdo. Sé que el British Council era vecino de la Alianza Francesa, y estos así mismo compartían calles con una serie de casas extraídas de un barrio de clase alta de Miami o alguna ciudad costera a miles de kilómetros en este lado del planeta. Fue obvia la existencia de una diminuta clase rica campante entre una enorme mayoría pobre.

El beat. La noche

Ese día finalizó con una visita al Mercado de Maputo. Un lugar lleno de artesanías de madera, muy bonitas todas y algunas muy baratas. El mercado también tenía su olor particular, bueno, era de esperarse, es un reflejo de la ciudad si se piensa. Tenía todo lo que un mercado popular tiene, pequeñas casetas una contra otra, comida rápida, sitio de postres, tienda de gaseosas, frutas, artículos para salones de belleza, algunos ratones, una pequeña mafia de personas que cambian dinero, entre otras.

Mercado municipal de Maputo, Mozambique (Fuente: Estudios Africanos)

Ya entrada la noche y próximos al hotel, entramos a conocer la Catedral en la Rua da Sé. Sin embargo, antes de llegar ocurrió algo típico de las ciudades, sólo que cuando sucede en Bogotá rara vez lo noto. Cuando por fin cayó la noche, ésta trajo consigo sus criaturas. Pareciese que todos los indigentes tuvieran una aversión natural a la luz. Durante el día no fue posible encontrar tantos como en la noche, claro y menos dentro de un tren que sólo recorre sitios señalados y zonas seguras.Los alrededores suelen dar la impresión de ser un poco peligrosos, pero eso no importaba, en realidad creo que fue mi lugar favorito en toda la ciudad. Se conseguían cosas exóticas, pequeñas y a buen precio, traducción; regalos baratos para llevar. El Mercado no tenía dinámicas diferentes que las de Paloquemao en Bogotá o del Mercado de São Paulo. Maputo no fue como haber cruzado un océano, sino tal vez alguna frontera cercana o llegar a algún pueblo latinoamericano pequeño. Era muy de acá.

En las escaleras de la iglesia, en los andenes, en las puertas de los restaurantes y hoteles había al menos un habitante de la calle o alguna prostituta. Era su momento de tener a Maputo.

Catedral de Maputo (Fuente: Estudios Africanos)

Continuando con la iglesia, debo reconocer que muchas veces el punto de referencia que encontraba para saber dónde estaba era su cruz. Una cruz cristiana hecha en luces de neón que coronaba la punta de la iglesia, normalmente estaba entre azul y verde, pero a veces fue blanca y a veces morada.

Esa noche decidimos entrar para conocer a la que fue nuestra vecina ‘del frente’ durante los tres días de estadía que finalizaban la mañana siguiente. Estábamos algo cansados pero nada que impidiera la visita al templo. Apenas cruzamos la puerta el ánimo cambió. No a razón del respeto que se debe tener ya que normalmente se encuentran varias personas rezando, ni porque normalmente la gente tiende a volverse solemne al ingresar a una iglesia, era por el beat que salía de la iglesia.

Era el zapateo débil de una monja que llevaba el tempo mientras dirigía a un grupo de mujeres que cantaban de forma hermosa música religiosa, tipo góspel pero a menor volumen. Ensayaban para algún tipo de ceremonia. Eso fue todo. Las vestimentas africanas, naturales y casuales pero tan autóctonas me conmovieron; esto sumado a la forma como bailaban en un círculo que después se rompía para que pudieran caminar hacia los lados de la iglesia, fue todo lo que necesité para darme por bien servida en Maputo.

Mujeres cantando afuera de la Catedral de Maputo (Fuente: Estudios Africanos)

Maputo nos despidió esa noche de la mejor manera. Si bien al otro día la abandonamos en el bus camino a Durban, es sin duda una ciudad mágica a la que quisiera volver.Era verlo, no leerlo ni escucharlo, el testimonio de las mezclas culturales de África con las blancas occidentales, del bantú con las lenguas europeas, de las maneras propias con las impuestas. El nacimiento de tradiciones híbridas sumamente bellas que ahora estaban al frente nuestro. Pero algo que en Maputo es cotidiano, y para las protagonistas, sumamente normal debido a que fue claro que era un ensayo más, fue una experiencia que encerró todo lo que es África para mí: un crisol de pueblos maltrechos pero insistentes, una identidad que es reinterpretada y ahora admirada por el mundo, una tierra de música y ritmos que invirtieron la dinámica y colonizaron el planeta.

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